– Disculpa, se me hizo tarde.
– Bueno, al menos llegaste. Ya compré lo que querías para almorzar – le dije.
– Oh, genial. Hace tiempo que no como los ravioles preparados por tu madre.

Caminamos hacia mi casa. Ella quería ir en taxi. Le obligué a caminar como castigo por llegar media hora tarde. Recuerdo que ese trayecto que duró más de diecisiete minutos fue muy largo, ya que no sabía de qué hablar con ella. En ocasiones, recordaba el por qué nuestra relación terminó y en otras por qué no decidimos retomarla. Sea cual fuere el caso, Catrina y yo, o al menos yo, ya no podemos retomar esa relación que por veintitrés meses fueron tortuosos, mucho más para ella.

– ¿Cómo está tu mamá? -preguntó.
– Bien.
– ¿Y tu sobrino?
– Supongo que bien.
– Ya debe estar grande.
– Me imagino.
– ¿Sigues sin hablarte con ellos?
– No puedo olvidar lo mal que nos trataron.
– Deberías.
– Pues no.

Ya en casa, le pedí a mi madre que preparara los ravioles. Nos sentamos a esperar, sin embargo ella le prestó atención a su móvil. Algo que, durante nuestra relación, me inquietaba. La miré fijamente. No cambió en absoluto. Nada de nada. Sigue siendo la misma chica de la que alguna vez me enamoré, tuve mi primera vez y viví un cierto tiempo bajo el mismo techo. No le veía diferencia. Los mismos ojos achinados. La misma nariz, respingada según ella. Las mismas mejillas. Los mismos labios. Los mismos senos y culo que tocaba diaramente hace cinco años. No veía diferencia. Sin embargo, ya no sentía lo mismo. Era una chica más.

A mis excompañeros del colegio les había mencionado que tendría una visita de ella.

– Bien, chino. Que te ayude con tu terapia de la cadera.
– Con ella podrás tener acción.

Es cierto, no llegué a mencionarle de mi problema en la cadera. No lo vi necesario.

Las cuatro de la tarde. Catrina me preguntó por qué no fui al reencuentro de la promoción del colegio. Le dije que porque me invitaron a último momento y porque además regresaba de trabajar y por tanto tenía flojera en ir. Me cuenta que todos cambiaron. Y me imagino. Todos crecieron. La mayoría prefiere el trago.

Catrina propuso tomarnos un selfi. Una, dos, tres, veinte, cuarenta fotos en los que, según ella, sale mal en todas y teníamos que repetir la toma una y otra vez. No solo me cansé de la cantidad de fotos sino que ya mi cara comenzó a doler por fingir la sonrisa. Sorry, pero no soy de los que están siempre alegres. Soy serio casi el mayor tiempo del día. Hasta que una, dos y después tres fotos fueron aprobadas por ella. Al fin pude descansar.

Luego de almorzar, me senté en el sillón al lado de la ventana. Ella se recostó encima de la almohada que estaba sobre mis piernas. Comenzó a revisar las fotos. No puedo negar que tenía una vista privilegiada. Su cabello teñido, ya le dije que nunca me gustó que se pintara el pelo, sus labios suaves y más al horizonte sus senos que, gracias a su escote, podía observar más carne. Aquel bello paisaje lo asimilé como una retribución por aquel almuerzo. Suficiente. Me sentí relajado. No hubo necesidad de intentar algo más con ella. No porque me disgustara tocarla, sino porque nuestro tiempo, y me refiero a lo que alguna vez hubo, ya no podrá volver y deberá quedarse allí, como un capítulo cerrado en mi corta vida.

Estuvimos en esa posición hasta las cinco de la tarde. Casi sin hablar, sin dar un comentario de la visita, sin observar alguna otra cosa, sin contar alguna novedad que haya pasado, sin decidir si ver películas o jugar algo. Sin hacer absolutamente nada… como hace cinco años.

– Me retiro. ¿Me acompañas al paradero?
– No.
– Al menos a la puerta principal – ya que vivo en un cuarto piso.
– No.
– Ya pues.
– Flojera.
– Pfff… Al menos ábreme esta puerta.

Así como vino, se fue. Como una brisa. Como algo que pasa en frente de tus ojos pero que tú ni caso haces porque da igual. Se fue.


(*) El contenido de este post fue editado y corregido.
El post original fue publicado aquí el 17 de abril de 2015.

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