– ¿Qué es esto que siento dentro de mí cada vez que la veo, cada vez que la ves?
– No sé de qué me estás hablando.
– Este sentimiento que en ningún otro momento sentimos cuando estuvimos a su lado.
– No te entiendo.
– ¿Por qué ahora?
– Cállate.
– ¿Estás seguro que no quieres hablar del tema?
– Ya lo hablamos.
– Pues para mí no es suficiente y siento que necesitamos hablar y comprender.
– ¿Comprender qué?
– Comprender nuestro comportamiento, o mejor dicho tu comportamiento.
– ¿Qué más hay que comprender? Está claro.
– Sí, lo sé.
– Si tienes ganas de hablar de eso, pues hazlo. Eso sí, conmigo no.
– Pero debo confirmar este sentimiento que nos hace sentir culpables y solos…
– Me siento solo -dice mientras habla el otro personaje.
– … y a la vez contentos por alejarla de un mal como lo somos nosotros.
– Fue lo mejor.
– ¿Eso crees?
– Piénsalo. ¿Qué hubiéramos conseguido con una relación que se destruía, que se desmoronaba, que se despedazaba ante nuestros ojos y por nuestra culpa?
– Tienes razón, pero qué pasó con ese deseo de estar siempre a su lado.
– No lo sé
– ¿No lo sabes?
– No me fastidies ahora.
– No te fastidio. Quiero conocer a mi contraparte.
– Tuviste 18 años para eso.
– Pues ahora te cogí más cariño.
– Qué gracioso eres.
– No nos desviemos y hablemos.
– ¿Quieres hablar? Está bien, hablemos. La relación fue estupenda. A ella la consideré más que una amiga, más que una enamorada, la consideré una compañera. Una compañera, que es lo que más necesité y necesito. Lo que más necesitamos.
– En eso no puedo decir que te equivocas. De verdad, nos agradó estar con ella.
– Pues se terminó y no puedo hacer nada.
– ¿Cómo que no hay nada que hacer? ¿Eres idiota? ¿Eres retardado? ¿No piensas recuperarla?
– ¿Recuperarla? No puedo ya hacer eso. No puedo permitir que siga conmigo.
– Pero, ¿puedes cambiar en esos detalles?
– ¿Y crees que no lo intenté?
– Al parecer no.
– Lo intenté y si tuviera una oportunidad más lo volvería a intentar. Pero, todo terminó. Y sobre ese sentimiento del que me hablas, pues es por… No sé… Creo que es porque aún estoy muy enamorado de ella.
– Te creo.
– Sigo enamorado de ella y no puedo olvidarla.
– Cada vez que despiertas siempre dices su nombre.
– Sí, siempre. No puedo olvidarme de ese nombre que me acompañó en momentos emocionalmente difíciles.
– Puedes volverte loco. ¿Lo sabes?
– ¿No crees que el hecho de hablar contigo ya es un síntoma de locura?
– Tal vez sí. Tal vez no. Lo que sí estamos seguros es que por ella hubiéramos hecho cualquier cosa.
– Por ella…
– Aún sigo creyendo que pensar en ella y recordarla a cada momento nos hará mal y nos volverá dependientes de un amor verdadero enjaulado en una relación resquebrajada y sin posibilidades de salir adelante.
– Sí, lo sé. Sé muy bien que hay pocas probabilidades.
– Entonces, deja de decir su nombre.
– No puedo.
– Tienes que hacerlo. Tienes que comprender que se intentó y no se pudo.
– No puedo. No quiero.
– Ciento ocho días. ¿No crees que es suficiente tiempo como para olvidarte de ella y seguir adelante?
– No me importan los días que pasen. La considero lo mejor que me pasó en estos dos últimos años.
– Tienes que superarlo.
– Ya, cállate.
– Piensa. Si ella aún te quisiera, si aún te amara, ¿por qué no te llama para aunque sea preguntarte cómo estás? Y cuando tú la llamas y le dices que la extrañas y que la quieres, ¿por qué ella te responde, presumo yo, sin ganas?
– No sabría qué decir.
– Ya ves. Piensas en ella cada instante, hasta te considero un loco encarcelado en su propio cuarto.
– No sé qué hacer. Creo yo que es porque no hago nada en estos meses y, al no estar distraído en algo, mi mente solo piensa en ella. No creo ser capaz de pensar en otra cosa que no se relacione con ella. Solo me gustaría dormir y soñar que aún estamos juntos, que aún somos pareja, que aún somos el uno para el otro. Sería estupendo soñar cada momento que pasé a su lado, cada momento… en que ella y yo… nos dijimos… nos susurramos… “te amo”.

Luego de diecisiete minutos, se durmió abrazando aquella almohada que alguna vez compartieron.


(*) El contenido de este post fue editado y corregido.
El post original fue publicado aquí el 29 de enero de 2011.

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