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Tatiana, mi querida amiga (*)

Suena el celular extrañamente a las 8:13 de la mañana.
Me despierto, algo inusual en mí por la hora, y contesto algo asustado porque la llamada venía de un teléfono público.

– ¿Aló? -digo adormilado y un tanto temeroso, como si fueran a amenazarme o insultarme o, peor aún, que fuera Catrina, mi enamorada, diciéndome que viene a visitarme, eso sí no se lo perdonaría.
– ¿Hola? ¿Joan? -escucho por el auricular.

No reconocí la voz.

– Soy yo. Tatiana -añade.
– Hola, Tatiana. ¿Cómo estás? -dije alegre por la sorpresa.
– Bien, amigo. ¿Creo que te desperté, no?
– Pues sí, pero descuida me encanta escucharte. ¿Y por qué la llamada tan temprano?
– Para saludarte un rato. ¿Y tú, qué vas a hacer hoy?
– Supongo que nada.
– Dime. ¿Puedo ir a tu casa ahora?
– Ya me despertaste así que ven.

Antes de colgar me dijo que vendría después de desayunar. Estaba feliz, desde aquel campeonato (en mi excolegio) no veía a mi querida amiga, una de las pocas que tengo.

Ella es lenta comiendo. Así que supuse que llegaría en una hora. Después de treinta minutos, me levanté para ver que ropa ponerme y luego tomé una ducharme. Las 9:35 de la mañana y aún no llegaba ella. Pasó una hora. Media hora más y nada. Resignándome a la idea de no verla, entré a mi habitación y me descansé un rato. A los tres minutos suena el timbre, me pongo el polo y los anteojos y salí a la puerta.

Era ella. Tatiana. Linda, en buena forma y bella, como la última vez que la vi. Le di un abrazo que, para mi mala suerte, duró unos segundos.

– Y, ¿qué te cuentas? -me pregunta Tatiana.
– Estoy tranquilo, algo molesto, algo decepcionado, algo aburrido, un tanto perezoso…
– Ya entendí. -me interrumpe- ¿Ya ingresaste a la pre de la San Martín?
– No, aún no. ¿Y ese cuaderno? -señalé un pequeño cuaderno amarillo que trajo consigo.
– También vine para que me ayudes con unos ejercicios… de seno, coseno y demás -me contestó.

Me enseñó unas hojas. Las vi. Las analicé. Las tiré a la cama. No entendí un carajo.

Por más de una hora conversamos sobre cómo nos fue en el colegio. Hablamos sobre los compañeros de mi aula, de los compañeros que repitieron, de mis excompañeros del Sandoval, de los compañeros que cambiaron de carácter, de los amigos que conseguí, de los “amigos”, de las amigas que me hablan, de los amigos que perdí, de las amigas que ella perdió, de las veces que venía a mi casa a cocinar porque le molestaba que fuera al colegio sin almorzar, de cuando me decía que caminara más lento, de cuando le decía que bajara el volumen de su voz, y de algunas cosas más que, naturalmente, no recordé.

Usé la computadora para ver si encontraba algo de sus ejercicios. No encontré nada. Tatiana se sentó. Me miró. Sonrió. Volteó su mirada. Me miró de nuevo.

– ¿Joan, te puedo dar un beso? -me pregunta ella.

No sabía qué decirle. Me quedé frío, pensativo, aturdido por la pregunta directa. Me quedé callado un buen tiempo.

– ¿Y? ¿Se puede?

No atiné a responder su atrevida, pero interesante, propuesta.

– No sé, no sé -las únicas palabras que salían de mí.

Después de pensarlo por más de cuatro segundos, me levanté de la silla. Tomé de sus manos. La abracé. Nos miramos. Mi mano rozó su mejilla. La besé. Se echó sobre la cama. Yo también, encima de ella.

– ¿Por qué te detienes? -me pregunta Tatiana.
– No sé, no sé.
– ¿Seguimos? -me dice con una mirada pícara.

Nos besamos de nuevo. Se detiene ella.

– ¿Porqué besas así?
– No sé besar -lo único que se me vino a la mente, y, desde luego, es verdad.

Nos sonreímos. De nuevo nos besamos. Nos echamos a la cama…

No sé si fue por agarre, por locura, por traición, por travesura, por venganza, o por aceptar su pedido de besarme. Pero de lo que sí estoy seguro es que, desde que nos volvimos amigos y comenzamos a hablar sobre algunos temas que son privados, siempre le tuve un cariño.

Me acuerdo de las veces cuando creían que estaba con ella porque iba a su casa, porque caminábamos juntos al colegio o porque la acompañaba a su casa después de clases.

Después de lo sucedido, nos sentamos en la cama, pero yo volví a echarme para pensar. Ella hace lo mismo. Me abraza. Estuve callado unos minutos.

– ¿En que piensas? -le pregunté.
– En nada, Joan.
– Aya.
– ¿Y tú? -me devuelve la pregunta.
– Nada, mirando el techo.
– Ah. ¿Y piensas escribir sobre esto?
– Sí.

Me fijé en la hora. Las tres de la tarde. Me pidió que la acompañe a su casa. Acepté. En el camino, me sentí cansado, decaído. Sentía ganas de desmayarme o echarme en el piso. De un momento a otro escuché mi celular timbrar. Yo no lo tenía conmigo.

– ¿Escuchas? Parece que es mi celular.
– Estás loco, Joan. Yo no escucho nada. ¿En que estarás pensando?

Busqué en mis bolsillos para ver si lo traía conmigo. No lo encontré.

Llegamos a su casa. Me despedí de ella con un beso en la mejilla. Al regresar a casa, encontré a Catrina molesta y con los ojos enrojecidos. Le pregunté qué hace adentro. No me contesta. Me grita. No entendí lo que dejo. No pude calmarla. Me dio una cachetada. Caí al piso… Abro los ojos. Estoy envuelto con las sábanas. Caí de la cama. Todo fue un sueño. Salgo a la sala y miro el reloj. Las 8:12 de la mañana. Un minuto después, escucho sonar mi celular.
– ¿Aló?
– ¿Hola? ¿Joan? Soy yo… Tatiana.


(*) El contenido de este post fue editado y corregido.
El post original fue publicado aquí el 31 de diciembre de 2008.

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